Cuando lo que más sale es lo que menos deja
En muchos mostradores el producto que más se pide es también el que peor paga el alquiler. Se defiende con cariño: “es lo que nos distingue”, “si lo sacamos se enoja el barrio”. El cariño es verdadero. El costo completo, a veces, todavía no se miró. Falta la merma, el gas, la bolsa, la comisión y los diez minutos extra que ese encargo le saca a quien está atrás.
Una tarde con el local cerrado alcanza para tres preguntas. Primera: ¿cuánto sale producir una unidad, de verdad, con lo que se tira y con el tiempo de las personas? Segunda: ¿cuántas de esas unidades hacen falta para cubrir un día de costos fijos, si el resto de la carta no existiera? Tercera: ¿qué se puede poner al lado —un acompañamiento, un tamaño distinto, un tope de producción— para que el hit deje de comerse a los otros?
Nadie pide que mates lo que la gente busca. Pedimos que deje de financiarse a ciegas. A veces el ajuste es de precio. A veces es de receta. A veces es aceptar que ese producto es la puerta de entrada y que el margen tiene que estar en lo que se ofrece después. Lo que no funciona es no saber cuál de las tres es. En el taller, esa conversación es de las primeras que tenemos, y siempre termina por escrito.